1 de abril de 2008

Sos cruel, muy cruel, con la Luna. Eso de rondar por sus lares tan sólo para recordarle lo que alguna vez tuvo, aquello que ahora no tiene ni tendrá; para hacerle sentir en carne propia que aún cede a las provocaciones de vos, que aún lográis velar sus sentidos, sin nada más que traerle que no sea angustia, ansiedad, penas y sufrimientos, tras un muy breve instante de plenitud, un bocado de aire, aparentemente fresco, pero en realidad, es un aire viciado, envenenado de vuestro aliento, lleno de vuestro anhelado ser, sintiendo por un segundo cómo podría ser su vida junto al ser que ama; místico, surreal y alado ser al cual, tras todas las murallas que interpuso, nunca ha dejado de amar. 
Es que acaso no tenéis un corazón que aún palpite por la luna, así como lo hace el mío por vos? será una desdicha cualquier respuesta que pudiese salir de vuestros labios, así como el suave roce de la piel, el aroma cercano que puede desquiciar al más ecuánime ser del universo, así nubláis los pensamientos, que galopan nuevamente en torno a un solo faro, el brillo que ilumina vuestra mirada. 
Y así, luego de un soplo de brisa fresca, os desvanecéis como si nunca hubierais vuelto, como el recuerdo de un sueño que se disuelve con la luz de la mañana, para regresar entre las sombras a modo de recuerdo, de piel, de sensación, de infierno y paraíso.

He aquí como comienza el fin de una historia, una y mil veces vivida y en el punto en que el escritor no sabe cómo habrá de continuar, una historia donde los para siempre se convierten en instantes eternos que duran poco más que un latido...
Hopeless and Heartbroken, 2008

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