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29 de septiembre de 2016

Paisaje matutino

    Es bastante entretenido ver sus rostros desde aquí. Siempre me ha causado curiosidad cómo reaccionan las personas: están aquellos que observan asombrados, los que están horrorizados, e incluso hay algunos que muestran cierto deleite ante lo que ven, mil rostros y mil sentimientos distintos ante un mismo evento. Puedo ver con detalle cómo se dilatan las pupilas de algunos, mientras otros prefieren cerrar los ojos o incluso girar la mirada. ¿Qué pasará por sus tontas y pequeñas cabezas? No intento ser despectiva, son personas pequeñas, de modo que tienen cabezas pequeñas, es bien conocido que las cabezas pequeñas albergan cerebros más pequeños aún y uno de esos no puede procesar más de dos pensamientos al mismo tiempo, así que, es obvio que las personas pequeñas son tontas, es lógico, es simple.

    Observo toda una multitud allí, aglomeradas, murmurando, unos corriendo hacia atrás intentando salir, y otros apretujándose entre si para adelantarse a los demás, como si se tratara del concierto de algún músico popular. Exhiben sus cuerpos sucios, sudorosos a pesar de que no ha subido el sol, rostros y cuerpos llenos de fango y harina ¿acaso esa gente no se lavó antes de salir de casa? Que espanto, deben ser parte de la plebe, solo de ellos se puede esperar algo tan asqueroso. Esas ropas raídas y remendadas, las caras desencajadas del horror y la risa, como si vieran algo terrible y lo celebraran al mismo tiempo.

    Se mezclan las risas, los espantos, es una vorágine de expresiones y siento que me marean, de hecho comienzo a ver todo un poco más borroso. Acabo de notar que están gritando, tan abstraída estoy observándolos que no los había oído, pero no logro distinguir las palabras, lo único que oigo es un zumbido extraño que no logro identificar ¿Un abejorro quizás? no, se parece más el ruido que hacen las moscas al revolotear cerca de la comida abandonada, pero no logro verlas... Ahora que lo pienso mejor, sólo logro ver al frente pero no siento rigidez en el cuello, alguna suerte de tortícolis extraña que quizá debería consultar al doctor.

    Si, definitivamente mandaré a llamar al médico, ahora no veo nada, solo percibo el zumbido de las moscas, mezclado con los gritos y vítores que siento cada vez más lejanos. Sentir... me siento extraña, fría y como si flotara en  una bañera, y al mismo tiempo un dolor agudo, fuerte e intenso en mi cabeza, como si me halaran el... -pensó, mientras su cabeza caía en el saco de cuero que habían dispuesto para ella.

<a href='http://julienbelli.pixpawebsites.com'>Me</a> by Julien Belli
Me by Julien Belligt;

5 de agosto de 2016

El sueño del artista

    Mi primera satisfacción fue ver sus entrañas en ebullición, como si se tratara de un hervidero de gusanos. Una mezcla de sangre y vísceras explotando aquí y allá, al ritmo de una composición musical jamás escrita pero que, visualmente, era una perfecta obra de arte.

    Me costó encontrar la temperatura necesaria, la tubería de oxígeno para ayudar con el burbujeo, el tamaño preciso que debía tener la herida del abdomen, e incluso, me llevó más tiempo del esperado elegir la herramienta cortante con la que obtener esos bordes rugosos de la piel y las capas de músculo liso. Fueron muchos intentos fallidos, uno tras otro, como querer pintar el cielo y jamás dar con el color ideal para el añil de la noche. Pero lo había logrado, mi pequeña y anónima obra de arte que jamás saldría a la luz, porque claro, era para mi disfrute personal, y porque solo existiría mientras el corazón de ese cuerpo latiera, lo que no duraría mucho más que unos meses, a pesar de mis intentos.

    La lucha contra el shock, para que se mantuviera despierta y sintiera cada punzada de dolor que yo, gentilmente, le regalaba. El espejo sobre el abdomen, inclinado hacia su rostro para que viera cómo su interior danzaba al ritmo que yo decidía. Por supuesto, se hizo necesario usar unas cintas para mantener la cabeza en esa posición y un par de pinzas para que mantuviera los ojos abiertos. No, no se iba a perder mi obra de arte. Ella la había inspirado, ella la disfrutaría conmigo.

    Claro que ya había previsto que los gritos serían un problema, así decidí extirpar quirúrgicamente sus cuerdas vocales, cosa que hice con la mayor delicadeza posible, con ella profundamente anestesiada, porque eso no era parte de mi obra, no había necesidad de hacerla pasar por ese dolor, también debía cuidar que su corazón no se detuviera en plena operación a carne viva. Demás está decir que su horror al despertar y darse cuenta de que no podría gritar fue un toque delicioso e inspirador, imagino que le dolieron los primeros intentos, aunque no le pregunté, no tendría forma de responderme y tampoco me interesaba mucho ese asunto en especial. Sin embargo, no puedo negar que su rostro fue todo un poema, los ojos muy abiertos y con lágrimas rodando desde sus esquinas, ella resoplando y boqueando como un pez fuera del agua, fue una visión realmente hermosa, pero ese era solo el inicio...

    Su cuerpo tendido, y atado claro, sobre una cama forrada de terciopelo negro hacía un perfecto juego con su piel blanca, que se teñía con el rojo de la sangre que borboteaba desde la herida en su vientre, el mismo color de la sangre que le transfundía constantemente para reponer la que iba perdiendo, el mismo color rojo de su cabello, que pinté a juego buscando una armonía estética que aún no conseguía. Esa era la razón real por la cuál no podía dejarla ir, por la cual debí alimentarla por sonda todo el tiempo que fuera necesario. Ella... no, no ella, su agonía era mi obra de arte y no podía quedar inconclusa, debía ser completa, como mi necesidad de verla sufrir, abrumadora como el deseo de que me viera satisfecha con su dolor, absoluta, como mi ira.

    Me desperté agitada esa mañana, recordaba casa fragmento del sueño, recordaba el olor de la sangre fresca y de la carne quemada, el color rojo que rodaba sin cesar contra el terciopelo, sin embargo, no lograba recordar el rostro y eso me conturbaba.

    Decidí que lo mejor era olvidar ese sueño tan extraño y al mismo tiempo reconfortante, y para ello nada mejor que un café preparado con granos recién molidos. Bajé a la alacena a buscar los granos, mientras seguía pensando en el sueño, en el rostro que no lograba ver, encendí la lámpara del sótano y de pronto supe de quién se trataba, seguía allí, tendida sobre el terciopelo, esperando como un lienzo a su pintor, me olvidé del café y tomé los guantes mientras una sonrisa se dibujaba en mi rostro...

No encontré el nombre ni el autor de esta imagen. Me disculpo por ello


14 de marzo de 2016

    La roca cedió. Sintió como su cuerpo era atraído por el vacío en cámara lenta, mientras veía saltar los clavos que la sujetaban. Cerró los ojos y contuvo la respiración mientras alargaba la mano hacia el apoyo de granito que estaba a su derecha.

    Esta vez el muro era casi vertical, y al mirar hacia arriba no se veía el final, solo la roca, más y más arriba, más y más roca, sin embargo ya estaba a medio camino y había un sólo sentido en el cual continuar. Había decidido el mes anterior que este sería su viaje de cada año, así que hizo los preparativos y antes de darse cuenta estaba allí, anclada a la pared, gruñendo en cada esfuerzo y ascendiendo con cada respiro. Sólo la acompañaban sus pensamientos y el aullar del viento.

    La escalada nunca ha sido sencilla, lo sabía, pero también sabía que vale la pena el esfuerzo por la sensación que produce el llegar a la cima. Sin embargo, la escalada libre tiene riesgos considerables: Es esa que se hace sin cuerdas y con mínimas medidas de seguridad, confiando tan sólo en la experiencia y dependiendo de las manos para sujetarse a la vida. Nunca mejor dicho.

    El canto de un águila y su sombra abajo, a lo lejos, le recordó la altura a la que se encontraba, de modo que revisó los anclajes, se frotó las manos con magnesio, tomó una bocanada de aire, balanceó el cuerpo y se estiró para llegar a la saliente más próxima. Con cada paso faltaba menos y se emocionaba más, con cada avance se sabía más cerca del final y del paisaje que vería desde arriba, la ruta que había anhelado hacer desde hace tantos años ya no le era esquiva, lo único importante era seguir subiendo, seguir convenciendo a la pared de dejarse trepar, un respiro a la vez, un paso a la vez, un clavo a la vez...

    Un destello de sol la cegó y decidió que era momento de parar, tan sólo dos minutos mientras recobraba el aliento y cerró los ojos para sentir el calor en la cara, sentía cómo los rayos del sol la inundaban de energía, de fuerza para seguir subiendo, la impulsaban a seguir hacia adelante, hasta alcanzar el cielo.

    Cuando abrió los ojos volvió en si, al trozo de roca aún en su mano, al clavo suelto, al viento que intentaba sostenerla, al águila, al vacío...


Comenzado el 15 de febrero de 2016
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Siento que estoy oxidada, antes las historias venían a mi y sólo debía dejarlas salir, ahora pareciera que debo pedirle permiso a cada palabra para ponerla en su lugar. Sin embargo, creo que comenzamos a entendernos de nuevo, ya veremos cómo nos va - Ka, π day, 2016.

15 de febrero de 2016


    Es un secreto conocido por unos pocos que la vida siempre tiene un final feliz. Sólo deben entender que yo no soy el enemigo.

Soy quien toma sus manos y los reconforta cuando termina el viaje, soy yo quien se sienta a escuchar las historias y desventuras que experimentaron durante el mismo, yo contemplo sus sonrisas mientras recuerdan los sabores, los colores, las pieles suaves que conocieron.

Soy yo la única y verdadera amiga con la que siempre podrán contar, y al final, les enseñaré cómo se siente la paz y en el sueño más plácido y eterno que habrán tenido nunca en sus mortales años.

3 de noviembre de 2010

Aire Fresco

Siempre era la misma sensación, sumergirse en el agua era como estar en su medio natural. El deseo más recurrerente era la necesidad de tener agallas y membranas entre los dedos para poder nadar aquí y allá a su antojo, sin que el aumento de presión le afectara y poder explorar el océano a sus anchas. La vida perfecta, decía, tenía que estar allí, dentro del mar.

Amaba profundamente a los tímidos habitantes del arrecife y nunca dejaba de asombrarse como cada noche las rocas aparentemente inertes ebullían de vida, en una sinfonía perfectamente sincronizada de movimientos, como los tentáculos de los corales se asomaban desde los cálices y lograban que absolutamente todo el paisaje diera un giro extraordinario, convirtiendo el tranquilo arrecife en un lugar atestado de colores, de animales emergiendo de sus guaridas protegidos por las algas y la noche, mientras los iluminaba tan sólo la luz de la luna llena, al menos los rayos que apenas lograban traspasar las someras aguas donde habitaban.

Luego venía lo triste de la expedición, tener que emerger, salir a la superficie, bien fuera porque se agotaba el aire de los tanques, bien fuera porque la apnea no le permitía estar allí abajo más de 4 ó 5 minutos, pero inevitablemente debía volver a Tierra, a la realidad que la aprisionaba. Allí, dentro del mar podía simplemente ser ella misma.

En tierra la historia era otra, le acosaban los odiosos compromisos en los que se había envuelto. Era un mundo en el cual las caretas y los disfraces estaban a la orden del día, así como los hipócritas y las dobles intenciones, era esa la realidad del mundo al que debía enfrentarse cada mañana, haciéndole frente con su mejor sonrisa a una vida que le hacía poco feliz.

Aún así, siempre pensó que esa cuota de felicidad, esos momentos en que el amor invadía su corazón hacía que casi todos los sacrificios valieran la pena; sólo existía una cosa que la hicera sentirse igual de plena: El mar, su amado océano, donde de ser posible, viviría eternamente, flotando entre la espuma y las plumas de mar, nadando junto a nudibranquios y medusas, viendo cómo una estrella de mar, tierna y sutil, era capaz de apresar y engullir a la primera langosta que se descuidara en su caminata sobre el fondo arenoso.

Sin embargo, más allá de esos breves instantes de felicidad, la vida "en tierra" se tornaba abrumadora. La rutina la acosaba como un cobrador del infierno exigiendo el pago de la cuota semanal por su alma, se sentía hastiada de la gente que le rodeaba, le ahogaban los comentarios superfluos y la incesante lucha cuesta arriba por intentar vivir tan sólo un poco más tranquila... si tan sólo lograra la paz que encontraba bajo el agua, estaba segura que no había manera de sentirse más ahogada dentro del mar que dentro de la vida que llevaba a cuestas.

De pronto y sin darse cuenta, llegó el anhelado domingo, el día que más esperaba cada semana, la oportunidad para visitar a su amado océano, aquél quien nunca le traicionaba y como amante fiel, esperaba por ella mostrando su impaciencia chocando las olas contra las rocas.

Se despertó con el primer rayo de sol que acarició su rostro, luego de besar a quien aún dormía junto a ella salió de la cama con un brinco. Entre canciones y danzas chequeó con el más minucioso detalle el equipo de buceo, preparó un desayuno ligero, ajustó el trailer a la camioneta y verificó que el bote estuviese bien asegurado al mismo, las lonas, las cuerdas, el agua potable, todo estaba en perfecto orden, como debía estar para emprender la aventura.

Ese día había planificado visitar las ruinas de un barco hundido a pocos kilómetros de la costa oriental, tomaría fotos del arrecife que se estaba formando sobre la estructura y las entregaría a la ONG con la que cooperaba para la preservación de los corales de la región. A pesar de ser una inmersión de alto riesgo debido al fuerte oleaje cerca del naufragio, conocía bien la zona - no en vano era uno de los buzos con más experiencia e inmersiones en el área- y estaba emocionada con la idea de visitar lo que consideraba era un pequeño refugio de calma, que se había producido allí gracias a que la embarcación había encallado.

Ironías del mar, que por su mal temperamento permitiera la formación de un nuevo arrecife, un abanico infinito de nuevas posibilidades y era ella quien podría, por primera vez, documentarlo para el mundo. Era el gesto perfecto de un amante hacia el otro, un regalo único y de gran valor que los unía, aún más, de una manera que sólo ellos entendían.

Pensaba en todo esto mientras calentaba el motor de la camioneta, debía recorrer unos cuantos kilómetros a lo largo de la costa antes de llegar al punto donde bajaría el bote y desde el cual navegaría hasta el naufragio. Los compañeros y ayudantes la estarían esperando en el lugar, imaginaba lo emocionados que estaban todos por participar en esta inmersión. A final de cuentas, 3 horas de carretera no eran nada, en comparación con lo que experimentaría ese día.

Se despidió de la figura en la puerta con un gesto de la mano, un beso al aire y un "hasta mañana, querido". Presionó suavemente el acelerador y comenzó así su aventura del día, manejaba hacia su amado, hacia su destino de cada oportunidad, hacia su siempre fiel amante azul y profundo, que quieto o trubulento le recibía cada vez que llegaba a sus dominios.

Sólo pensaba en ello, mientras manejaba por la autopista, de manera simultánea revisaba los retorvisores mientras su mente verificaba una y otra vez que no faltara nada en la lista de los pasos de seguridad, el nivel de los tanques, el estado del traje, la cámara submarina, las baterías y la linterna... todo en orden, todo meticulosamente detallado, todo en perfecto orden.

La música sonaba al tomar la salida de la autopista que conducía hacia la costa oriental, decidió apagarla para poder escuchar al mar lo más pronto posible, pues apenas en unos cuantos minutos el olor de la sal impregnaría el aire, y podría poco a poco escuchar el mar chocar contra los acantilados. La carretera era angosta y sinuosa, sabía que no debía descuidarse por muchas veces que la hubiera transitado, conocía cada palmo de la vía y el peligro de cada una de las curvas. Decidió que era momento de bajar la velocidad, había hecho buen tiempo durante el viaje y llegaría más temprano que de costumbre, lo que le daría chance de disfrutar de un par de zambullidas extras en la orilla, ansiaba el sentir el agua contra su rostro, contener la respiración y sumergirse con tan sólo el traje de baño nadando unos cuantos metros entre la arena y lo profundo hacia donde luego se embarcaría, pero una vez que estuviese en el barco sería todo trabajo y tecnicismo, al menos hasta la inmersión y no deseaba privarse de ese pequeño placer antes de que llegara el resto del grupo. La felicidad de flotar dentro del agua, la sensación de pertenencia con el mar, su elemento, jugar con su respiración para intentar sostener la apnea cada vez un segundo más, pues cada uno era un momento junto a su amor. Sentía como el corazón se le inflamaba de emoción tan sólo de pensarlo mientras se acercaba por fin al punto de encuentro.

De pronto un ruido fuerte que no provenía del mar, no era una ola contra los acantilados, era un sonido que duró un instante y luego fue todo oscuridad. Se sintió de pronto sumergida en el arrecife, sin tanque, sin equipo, sin traje, sin linterna.. no lograba ver nada, tampoco escuchaba nada más que un ligero murmullo. Se dió cuenta que sin oxígeno no podría durar mucho tiempo sumergida pero por más que intentaba nadar hacia la superficie sentía que algo la retenía inmóvil en el fondo, poco a poco perdía las fuerzas, su mente se nublaba y no lograba ubicar dónde estaba ni qué había sucedido. Un pensamiento romántico la invadió, quizás su amante, su mar, de manera egoísta la reclamaba por fin sólo para él, sin embargo eso no tenía sentido alguno, no se sentía flotando, aunque sentía el agua en su rostro. La incertidumbre y la desesperación ganaban terreno sobre la pasión que sentía por el mar. Un último intento de contener la respiración y sus pulmones cedieron... comenzó a sentir como el líquido invadía su boca, bajando por su garganta y por su tráquea al mismo tiempo. Intentaba toser, pero cada intento terminaba en una bocanada más de... líquido, el agua, pensó, iba invadiendo sus pulmones y decidió que al menos moriría haciendo aquello que le apasionaba, sumergida en el mar, como siempre soñó, aunque nunca esperó que fuese tan pronto.

Imágenes de aquél ser querido en la puerta que esperaría eternamente por ella, quien no volvería. Los rostros de las personas con quienes lidiaba diariamente ya no le parecían tan hostiles, al contrario de alguna extraña manera estaba deseando poder verlos de nuevo... y luego, una vez más, aquel murmullo... la oscuridad comenzó a disiparse, pudo observar que tenía frente a sí el volante de la camioneta, no estaba dentro del agua, no había caído al mar, su amante no la reclamaba. Lo que segundos antes parecía un muy absurdo sueño romántico era ahora una pesadilla, comprimido su rostro contra el volante.. los murmullos que oía eran sus propios intentos de respirar, uno que otro genido pidiendo auxilio, hasta que ya no hubo más susurros, sólo silencio, oscuridad y el líquido que invadia sus pulmones sin parar.

Así la encontraron los demás integrantes del grupo que venían al lugar, la camioneta en mitad de la carretera, con el trailer llevando el bote, no podía ser de nadie más. Ella, doblada sobre el tablero, con el rostro comprimido contra el volante.

La presión que sentía era el techo, doblado sobre ella por la roca, y el líquido que la ahogaba manaba de sus heridas, de su rostro, su pecho... finalmente se había ahogado lenta y dolorosamente en su propia sangre, lejos del mar, lejos de su vida, lejos de su amor y sus rutinas. En una sinuosa carretera solitaria de la costa oriental, con el mar y los acantilados a un lado, y la montaña al otro, desde donde una roca se había desprendido y al caer sobre el techo de la camioneta provocó que una de las piezas del techo le hiriera por la espalda, perforándole un pulmón del que ahora brotaba la sangre en forma de lágrimas, mientras su corazón latía en un intento vano por llegar al mar.

24 de febrero de 2010

Ya no está Inconclusa... (Pesadilla)

Comencé esta historia hace varios días, publicada bajo el nombre de "Inconclusa" pues en ese momento no supe cómo continuarlo... ahora bien, aquí está tal como ha salido, ya concluído.



De pronto se encontró atada por los codos a una barra, con una sensación de turbidez y sin poder recordar cómo había llegado alllí o qué hacía en aquel lugar. Los sonidos le eran ajenos, su visión era borrosa al punto de no poder distinguir entre las manchas que danzaban frente a si. Un olor nauseabundo la impregnaba, sintiendo como toda esa porquería se pegaba a su piel, a su nariz, a sus labios.. así como antaño lo hacía el aire marino.... El mar, vendería su alma al primer postor a cambio de poder estar frente al mar en ese instante y no en el cuchitril en el que se encontraba ahora, donde la sensación de aprensión era intensa y el aire húmedo, enrarecido, señal de que se encontraba en una habitación pequeña y cerrada.

Algunas imágenes vagas rodeaban su mente, ¿acaso era un pacto lo que había hecho? Recordaba a un hombre de tez muy blanca y nariz aguileña, recordaba haberse cortado y lamerse la herida ¿se había lastimado ella o la había herido alguien más? ... Todo era tan confuso, tan vago... la mejor explicación para eso era que había sido drogada, ¿cómo si no, explicar que no recordara claramente lo sucedido?

Sintió un dolor agudo en el abdomen, logró alzar ligeramente la cabeza sólo para observar con espanto como un hilo salía de su cuerpo, un cordón ensangrentado que salía de allí, de sus entrañas, colgado de un gancho situado en el techo. El cordón era de un color rosáceo, pero algo se movía sobre él... GUSANOS!!! ERAN ASQUEROSOS GUSANOS !!! eso no podía estar sucediendo, era mentira, esos asquerosos animales no usarían el cordón para llegar a ella, se negaba a permitirlo. Intentó moverse de un lado hacia el otro para desatarse del cordón rojo cuando se dió cuenta que no podría, ese cordón era parte de ella, era su intestino delgado, extraído desde su abdomen, y era eso lo que consumian esas malditas pestes carroñeras.

La sensación de desamparo fue tan intensa que empezó a gritar, a llorar, a rezar, a pedirle al Díos en el que siempre confió su alma que se la llevara en ese preciso instante ¿Cómo podía ese Dios ser tan misericorde y dejarla allí tirada a su suerte, a merced del horrible ser que le había hecho esto?

De pronto otra imagen, su dedo ensangrentado escribiendo su nombre sobre un pergamino. ¿Qué estupidez había hecho? ¿Cómo se le corrió la idea de firmar eso? más ahora que no recordaba lo que había negociado, pero fuera lo que fuera, no tenía sentido que valiera el precio que estaba pagando. Cualquiera que hubiese estado de pie a su lado habría visto aparecer en ese momento una sonrisa.. Claro, por supuesto, todo lo que sucedía era tan ilógico que sólo había una explicación, era un sueño.

Intentó despertar de ese espantoso sueño, puesto que no podía ser otra cosa sino un sueño vívido y terrible, tan vívido que podía sentir el olor de su carne chamuscada así como las náuseas que esto le provocaba... no, debía despertar de ese sueño a como diera lugar. Decidió, pese al hedor, respirar profundo una vez... otra vez... una vez más, cerrar los ojos olvidar los gusanos y concentrarse en su vida real, la que había dejado atrás al momento de ir a dormir.

La luz que se colaba por la cortina le dió el calor necesario para saber que había despertado y que si, estaba en casa. Su perro jugaba a los pies de la cama, mordisqueando las sandalias como todas las mañanas, sólo para hacerla correr detrás de él hasta la cocina y lograr un poco de atención de su adorada dueña. Se levantó sintiendo que ése era el más feliz día de su vida, en comparación con la terrible pesadilla que había sufrido la noche anterior, pero..¿qué la habría causado? la ensalada de la cena no podría haberle causado indigestión, y obviamente no debió ser el efecto de la novela que estaba sobre su mesa de noche a medio leer... no buscó mayor explicación y únicamente se sintió aliviada de haber despertado y deseó con toda su alma no soñar algo siquiera similar más nunca en su vida... ¿Cómo se le ocurrió blasfemar así de su Dios, que tan piadosamente le había guiado en cada paso de su vida? Más nunca volvería a dudar de él. Eso debió ser, una prueba de su Fé, la había superado y sintió su corazón lleno de regocijo.

Para celebrar, decidió desayunar huevos revueltos, un gran vaso de jugo de naranja, un par de rodajas de pan y luego salir a dar una larga caminata por el parque, ese sol tan cálido y espléndido no sucedía todos los días en la región fría del país donde vivía. Se duchó, rápido, con agua fresca para olvidar la mala noche que había pasado, se vistió, calzó los zapatos deportivos y bajó a  desayunar. Hizo todo sistemáticamente, como cada mañana, estableciendo qué hacer según lo planeado el día anterior y lo que dictaba su agenda.

Se colocó en el brazo el reproductor de música, le colocó el collar al lanudo perro que ya brincaba entre sus piernas esperando el anhelado paseo matutino, verificó que todo estuviera en orden antes de salir y se dirigió a la puerta... La brisa del mar chocando contra su rostro, era y sería siempre la mejor sensación que tendría durante toda su vida y así, de frente al viento, ella y su mascota salieron a dar un largo paseo a la orilla de la playa.

La arena se hundía suavemente bajo sus pies, el perro brincaba dando círculos a su alrededor y de vez en cuando con una zambullida entre las olas, o decidía ladrarle a algún atrevido cangrejo que osara pasarle por enfrente. A lo lejos vió a alguien que caminaba en sentido contrario, acercándose, y al igual que ellos, disfrutaba plácidamente del paisaje costero... Al acercarse se dió cuenta de que era un hombre, alto, esbelto, hasta buenmozo, pensó que sería agradable por esta vez, compartir su caminata con ese sujeto que obviamente era agradable y bien educado, se sabía, por supuesto, por su modo de caminar, de vestir y de disfrutar el mar.. sólo un alma pura podía amar el océando como ellos.

Cuando el sujeto se acercó, la saludo con una amplia sonrisa y pronunció una frase, ininteligible para ella, así que decidió girar y preguntarle al simpático caballero lo que había dicho.

El caballero volteó, le sonrió nuevamente y mirándola profundamente, amablemente le dijo -Tu deseo está cumplido, es hora de despertar-

De pronto y sin saber en qué momento, había despertado de su onírica vida feliz y perfecta, donde un perro lanudo mordía sus zapatos, dónde la luz del solo acariciaba su rostro cada mañana,  mientras que su realidad, su mísera realidad, era oscura y nauseabunda, atada a una barra, mientras sus intestinos colgaban de un gancho obligándola a verlos siendo devorados por los gusanos.

Desde arriba

¡FUI UN MALDITO IMBÉCIL! - es eso lo que quería gritar pero no lograba articular palabra. Los ojos inyectados de sangre y rabia observaban impotentes todo su alrededor, mientras unas lágrimas rojas resbalaban por la accidentada mejilla, confundiéndose con la sangre que emanaba de las laceraciones.

Nunca se habría imaginado que terminaría de esa forma, humillado y abatido, dispuesto para ser cena de los buitres, alzado a 10 metros del suelo atravesado por una estaca de roble. Nunca en su nada conspicua vida, habría pensado que esos monstruos que describían en las historias más oscuras eran una realidad, que disfrazados entre el común de la gente, permanecían ocultos del hombre de a pie. Menos aún hubiera podido creer que se cruzaría en el camino de uno de ellos, en un muy desafortunado encuentro.

Cerró los ojos intentando olvidar el terror que lo inundaba, quería borrar todo rastro de la pestilencia que lanzaban los cuerpos, vecinos, podridos, destajados, picoteados, hervideros de gusanos, restos de los miserables que habían corrido una suerte similar a la suya. Cada intento de evadir la realidad era en vano, pues cualquier pensamiento, por ínfimo que fuera, terminaba trayéndolo de nuevo a su presente.

Mientras juraba que daría el corazón y su alma al Diablo si lo libraba de aquél trance, recordaba que era el mismo Diablo quien lo había colgado de ese madero, o si bien no era el diablo debía ser uno de sus engendros, no había otra explicación para que un ser hallara tal regocijo en su dolor y sufrimiento.

Cansado del repugnante paisaje, bajó la mirada sólo para encontrar un ente de tez blanca cono la luna llena y con un atuendo negro que a medias luces parecían tratarse de trapos viejos y desteñidos que hacían resaltar más aún el espectral brillo del andrógino rostro. Unos ojos azules como cristales le observaban desde allí. Era evidente el escrutinio de esa "cosa" sobre él, incluso, desde lo alto, le pareció observar una sonrisa. ¿Era acaso posible que ese ser no sintiera asco por la escena ni piedad por él, quien sufría agonizante? peor aún, cayó en cuenta que el ser lo miraba embelesado, como quien admira una obra de arte previamente realizada y de la que se siente, por fin, satisfecho.

Esa mirada.. creía recordarla, pero ¿de dónde? sin embargo, a pesar del extraño color, se le hacía tan familiar esa mirada. Como si perteneciera a alguien conocido y este fulano le hubiese arrancado los ojos, la expresión, y la usara ahora en su lugar.

De pronto todo le pareció más claro, esa mirada dulce, unos ojos castaños, una sonrisa cándida. Si, era ESA mirada, pero ¿Cómo podría ser posible? ¿por qué recordar eso justo ahora?

Empezó a ver sus recuerdos, como si se trataran de una película que proyectaran sólo para él. Era un día hermoso, de esos días cuando el brillo del sol te permite olvidar que existen desgracias e injusticias en el mundo, un perro pasó corriendo frente a él, se había soltado de la correa de su dueño y huía pícaramente hacia la laguna donde estaban los gansos. Recordó haber pensado lo gracioso que sería ver al perro lanzarse al agua para luego salir huyendo de las aves que con seguridad se defenderían del intruso.

Detrás del perro corría una niña, llamándolo y con la correa en la mano, mientras lloraba por la huída de la mascota. Al instante vió como la niña tropezó con una piedra que sobresalía del terreno y cayó sobre la grama. Se vió a si mismo apresurándose hacia la chica, con una sonrisa para reconfortarla y cómo le ayudó a levantarse y enjugarse las lágrimas. Sólo logró tranquilizar a la niña tras asegurarle que su perro volvería en cualquier momento, buscando la protección de sus brazos, cuando se diera cuenta que los gansos no eran buenos compañeros de juegos.

En ese instante, cuando imaginaban la persecución que tendría lugar, apareció la sonrisa más hermosa que había visto en su vida, no podía provenir de otra persona más que de un niño, dulce e inocente, como la niña a la que había ayudado.

Ahora los recuerdos se confundían, tenía que ser producto de la tortura que estaba viviendo, creía ver el rostro de la niña pero trasladado al cuerpo de una mujer joven y esbelta, de cabello largo, negro, ondulado. Recordaba haber visto todo rojo, como si se tratara de un telón que cayera frente a él. Pensaba en la sonrisa de la niña, pero el resto era un mundo carmín, sin matices, que sólo le producía una sensación de desesperanza.

Agitó la cabeza, no quería perder los recuerdos hermosos. Eran por fin algo a lo que aferrarse entre tanto horror y no los dejaría ir tan fácilmente. Se concentró en la imagen del perro, un labrador negro, esbelto, jugetón. Pensó en la niña, el cabello castaño claro, liso, recogido seguramente por su madre en dos trenzas que caían hasta su espalda. Y la risa, podía oir claramente la risa de la niña, que resonaba y hacía que su alma rebosara de felicidad, era como escuchar un río bajar alegre por la montaña, en su camino hacia el mar, el mar, azúl... azúl como los ojos que le miraban... fríos, profundos, atemorizantes...

Se obligó a pensar de nuevo en la niña y la sonrisa, pequeños momentos de alegría. Le preguntó dónde estaban sus padres para llevarla hasta ellos, asegurándose de que la mascota no huyera nuevamente, un extraño brillo asomó en el rostro de la joven, no se detuvo a pensarlo en el momento, pero era un brillo intenso, casi sobrenatural.

Encontraron la puerta abierta, el cerrojo estaba bien, así que todo parecía indicar que la última persona en entrar o salir simplemente olvidó cerrarla. La niña le tomó de la mano dándole la confianza necesaria para entrar en la casa, donde encontró un salón con grandes ventanales cubiertos por espesas cortinas de terciopelo rojo y una inmensa lámpara de araña en el centro del techo. Sin embargo, el ambiente de la casa era ambiguo, la lámpara funcionaba con velas, lo que le daba al salón un aire de novela gótica, de esas de finales del siglo XIX. Aparte de las cortinas, no había rastros de muebles, si quiera habitantes en la casa. Y el olor, un olor que nunca logró definir, pero que le recordaba a... no sabía, sólo tenía la sensación de que conocía el olor, que no era fuerte, pero tampoco muy agradable. - Ha de ser una casa vieja, herencia de familia - pensó - explicaría que una casa tan lujosa esté en estas condiciones-. La niña explicó que sus padres ya se habían ido a trabajar, y que en el poco tiempo que tenían viviendo allí no habían tenido oportunidad de poner todo en orden. Le explicó también que su único compañero de juegos era el perro, quien era además su guardián y custodio, pues nunca se separaba de él.

La niña le ofreció una bebida refrescante, la cuál aceptó con algo de premura, asegurando que debía irse pues ya la había dejado segura en casa, sabía lo mal que se vería si llegaba algún adulto y lo encontraba en lo que podía ser una situación facilmente malinterpretada. No había terminado la bebida cuando se sintió mareado, quizás por el olor, quizás por la sensación opresiva del ambiente que creaba el salón, decidió marcharse de una vez cuando sin más la puerta se cerró.

Debía estar alucinando, no era posible lo que sus ojos le mostraban, la niña, sentada en un rincón, se hacía cada vez más pequeña, mientras que el perro iba tomando forma humana. ¿Lo habrían drogado acaso? eso explicaría el mareo y las alucinaciones. El perro - no estaba seguro de cómo debía llamarlo ahora - comenzó a reir de manera fuerte y clara, con una voz que no era de hombre o de mujer, pero que ciertamente asemejaba una voz humana. Buscó horrorizado a la niña, pero en la esquina donde la había visto por última vez, sólo había un cobayo, durmiendo entre los plieges de la cortina. No podía ser verdad, no tenia ningún sentido, ¿Esa criatura que antes era un perro tomaba forma HUMANA? ¿En qué rayos estaría pensando cuando decidió ayudar a una niña extraña? ¿Acaso lo embrujó la dulce sonrisa en el parque? ¿Cómo podía un ser tan inocente y perfecto ser ahora un roedor?

Creyó volverse loco e intentó huir saltando por una de las ventanas, pero se enrredó con la pesada cortina y se vió envuelto tan sólo por una luz roja. El miedo lo paralizó ¿O fue acaso la bebida que recibió? Si tan sólo los hubiese dejado frente al portal, si no hubiese seguido la dulce mirada y la sonrisa cándida, si no hubiese ido al parque ese maldito día.

Sentía bombear al corazón como si fuese a salir del pecho y lo quisiera abandonar a su suerte. Comenzó a sentir mucho más fuerte el olor que ahora reconocía como carne pútrida, mientras todo le daba vueltas y oía una risa tras la barrera roja que lo rodeaba. Sintió como la tela se movía, la oyó desgarrarse tal como los leones desgarran su comida. Atinó a preguntar el por qué de todo aquello y sólo recibió por respuesta "Porque es divertido". Lo último que recordaba era un rostro blanco de brillo tenua como la luna y un par de ojos azules que se tornaron rojos justo en el momento cuando la criatura se ablanzó sobre él.

Despertó bruscamente y sintió un agudo dolor en todo su cuerpo. Se dio cuenta que todavía estaba vivo, aún colgaba atravesado por una estaca de madera, los cadáveres seguían a su alrededor, el olor nauseabundo impregnaba el lugar. Abajo, una mujer esbelta, de cabello negro, largo, ondulado, con unos hermosos ojos azules, lo veía profundamente, mientras acariciaba un cobayo que dormía en sus brazos.

23 de febrero de 2010

Filippo, Felipe, Phillippe, Phill...

Sus ojos negros, profundos como la más oscura noche, parecían brillar con el fuego del alma perdida, contrastando la nacarada y pálida tez de su piel.

Oculta tras su apariencia sobria, una gabardina tan negra y larga como su cabellera.

Prefería ostentar de su cultura, de la sabiduría adquirida con el transcurso del tiempo, devoraba con ansias los libros de historias, leyéndolos cual cuentos infantiles y reía cada vez que recordaba cómo habían sucedido realmente las cosas y cómo las deformaba, a su favor, quien escribía el relato de turno.

Memoria implacable, sin embargo, por alguna extraña razón, se mezclaban sus pensamientos al recordar la vez en que, vagando entre la vegetación, intentó ayudar a esa extraña y atractiva mujer, de cabello rojo como el fuego, que expresaba con su mirada todo lo que su mutilada lengua no le permitía. Faltaban piezas a este rompecabezas, quizás por ello se deleitaba armando miles y miles de estos juegos, buscándole sentido al propio, al momento de su muerte y nacimiento, recordaba el abrazo, la sensación de angustia y agonia, la sed.. la aniquilante necesidad por seguir bebiendo la sed que manba del brazo de esa mujer.

Noche tas noche, vaga su mente por aquella época, el momento en que ella se fue, perdida entre la venganza y la mirada fija hacia el horizonte, cada vez que levantaba el sol y debia cesar su infinita búsqueda. Nunca supo Philippe que buscaba aquella mujer, solo recuerda los zafiros con los que le miraba y el fuego de su cabello.

Mantuvo ese fuego cada día del resto de su existencia, en homenaje a quien le hizo ver el mundo de esta nueva manera, despertándolo a la placentera oscuridad, al conocimiento de la vana mortalidad de esos pobres ignorantes que se jactan de estar vivos, sin saber que hacer con esa vida.

Se deleita cada noche, con los placeres, mundanos, espirituales. Mezcla de sabio, filósofo y vago, andando de poblado en poblado, saciando su infinita sed de sangre, divina sangre que calma su garganta y apacigua sus sentidos.

Es él quien me ha mostrado la belleza oculta en la oscuridad, quien me dice cariñosamente "Darkness" en lugar del nombre que me dieron mis padres, nombre que he decidido llevar conmigo mientras tenga a Phillipe, durmiendo, cerca de mí, cada día y compartiendo conmigo cada noche... hasta que mis días sean oscuros, transcurriendo entre caminos bajo la luna y las sombras proyectadas por las luces de la civilización, y mis noches comiencen al salir el sol, durmiendo plácidamente junto a él.

Ahora mismo, ha de estar rondándome. Lo sé porque se inserta en mi mente y sólo puedo pensar en él, estoy a oscuras y me siento calma y sin temores, su compañía me basta para alejar cualquier sombra. Me dio a conocer el exquisito sabor de la sangre fresca, tentación que surge en mí, sólo cuando está cerca, como ahora.

No logro dejar de pensar en esa copa, desbordante de rojo elixir.

Filippo, nacido de vientre romano, creció entre centuriones y pensadores greco-egipcios habitando las costas del Mediterráneo, el olor del mar le trae cierta nostalgia junto con la alegría de saber que, de no ser por salir de allí, jamás hubiese sido el nocturno y delicioso ser que es.

Al establecerse en Versalles, decidió cambiar su nombre a Phillippe, dice que va más con su estilo, de vestir lóbrego, sencillo, elegante, propio de un Europeo.

Se enoja si le digo Phill, pero lo hago sólo por ver como sus ojos brillan más de lo normal y luego poder contentarlo, con caricias y algo de mi propia sangre, hasta robarle una esquiva sonrisa. como si se tratase de un pequeño juego entre amantes. Eso ciertamente compartimos, el amor por la noche, por las maravillas que habitan y se despiertan en ella.

Me quedo embelesada con su mirada, profunda, intensa, hasta que una palabra me saca de mi trance y me invita a pasear entre tumbas, contándome la historia de las almas que alguna vez habitaron los ahora huesos y polvo, depositados 3 metros bajo tierra.

Divagamos a menudo, acerca del culto a la muerte que tienen la mayoría de los pueblos "modernos", y su falta total de sentido, al ser la muerte sólo el paso necesario para resurgir a la nueva vida, un escalón más que es preciso subir si se desea seguir andando.

Phillippe no se decide a abrazarme pues dice que aún no estoy preparada, que debo instruirme y estar lista realmente para el momento en que decida, por fin, llevarme por completo a su mundo. Creo que aún está analizando qué podría pasar con Kali la noche en que esto suceda.

Ha comprobado lo difícil que es controlarme bajo su influencia, quizás piensa que pueda llevarme a un estado más allá de cualquier razonamiento o simplemente no volver, decidiendo seguir lo que me dicta la "insanidad" de mis arrebatos de ira y deseo de acabar con el planeta entero, si es necesario, para que el mundo resurga como debe... Algunos hombres no merecen siquiera la oportunidad de vivir, dado que la desperdician de la manera más despreciable.

Ahí está, se asoma Kali... siento como Phillippe se aleja y Darkness con él. Percibo cada vez con mayor facilidad el cambio de actitud, entre Darkness y Kali, la serena oscuridad, apacible, y la implacable ira contra lo que no debe ser, según como Kali ve el mundo. Ella y Darkness tienen sus discrepancias, pero a la final suelen llegar a un punto intermedio, a un consenso de opiniones.

Quisiera que Phillippe entendiera que Kali es tan parte de mí, como Darkness, como Ithil. Espero que llegue pronto el día en que ciertamente pueda controlarlas a ambas, tanto como Ithil, en una sutil máscara que oculta mi verdadero rostro ante el mundo, pero no para él.

Phillipe se ha ido, Darkness con él, yo no soy de muchas palabras, prefiero las acciones, no soy de despedidas, las cosas deben hacerse de manera sutil o no, pero rápida y efectiva. Aquí termina este escrito.

De Darkness y Phillipe, que escriba ella, si es que se decide a salir del placentero sentimiento y calma que siente a su lado. Yo, necesito acción, movimiento, que la energía fluya, que el caos circule, colocando cada partícula de este universo, donde debe ir y en la corriente en que fluyen.


4:08 AM// 17/09/2006

Cuento sin nombre (En el pantano)

Con su llegada todo se iluminó, aunque ahora apenas lograba distinguir sombras entre la bruma, era bastante la diferencia contra la profunda oscuridad que reinaba segundos antes en aquél lugar.

Caminaba pesada y lentamente, pues a cada paso que daba, debía desenterrar del barro sus pies, lo cual aumentaba su fatiga y la sensación de pesadumbre que le agobiaba.

Pero esa nueva luz lo cambiaba todo, de pronto parecía que el aire era ligeramente más fresco, distinto al olor putrefacto expedido por el pantano a los bordes del camino. Era un atisbo de esperanza para salir de ese laberinto sin comienzo ni final, en el cual nunca supo cómo entró, no encontraba como orientarse y mucho menos, la manera de salir de allí.

Claro, aunque los árboles aún parecían todos unos gemelos de los otros, iguales en cada rama, en cada hoja, ahora podía distinguir sombras entre ellos y guiarse por la dirección de las mismas, incluso, marcar algún tronco, detalle que minutos antes de nada hubiese servido, en la total oscuridad que reinaba en ese lugar no se lograba ver siquiera la noche.

La humedad comenzó a disminuir, sus pasos se tornaban ligeros al andar sobre un suelo más firme; el aire, cada vez más claro, le animaba a seguir hacia adelante. Sin saber exactamente a dónde iba se contentaba con seguir la luz, con tal de salir de ese maldito abismo en el que no pasaba ni el tiempo ni cambiaba el espacio, donde la vida parecía haberse detenido.

Adelante -pensó- ¿hacia dónde es adelante, qué me espera ahí, a dónde me guía esta luz? Pensaba sin descansar, sin detener la marcha por temor a que la luz de pronto se marchara tan repentinamente como llegó.

- ¿De dónde vino esta luz, inesperada, que parece llamarme con una voz suave? ¿hacia dónde me llevará? No me importa, con tal de salir de este sitio.

Estaba determinado a escapar de una vez por todas, ya había perdido la noción del tiempo que llevaba allí, sus recuerdos habían sido borrados, no, sustituidos y sólo recordaba lo oscuro, los pies enterrados en el fango, la neblina, el olor nauseabundo que le rodeaba. No importaba a dónde lo llevaran o quién lo hiciera, siempre que fuera lejos de allí.

Precisaba salir de ese lugar condenado por los dioses, de ese pantano lóbrego y frío, que le robaba el alma un poco cada vez; al mismo tiempo, sentía como la luz le devolvía la vida, quizás por eso la seguía sin pestañear, quizás porque creía escuchar una voz que provenía de ella, no importaba mientras lo libraran de esa pesadilla.

Con el paso ya más ligero y decidido, se encontró de pronto frente a sí una barrera invisible e infinita, tan extensa que no lograba distinguir sus bordes. Chocó repentinamente contra la misma y sintió en ese momento un escalofrío como el que jamás sintiera en su vida, la sensación de chocar con un muro glacial e indiscernible, un inmenso espejo.

Se percató cuando vio su propia imagen frente a si, la ropa gastada, raída, húmeda; los brazos enmohecidos y sucios de tanto arrastrarse entre el fango. Enseguida pensó en la luz que lo había guiado hasta allí… SU luz ¿era tan sólo una ilusión acaso?, desesperado, con las manos prendidas de su sien, giró en redondo, buscando el origen de aquella cautivadora luz que le prometía paz, salida, esperanza.

Cayó de rodillas, las manos, tapando su rostro, no lograban evitar que las lágrimas escaparan de entre si. Gritó, con un gemido de dolor, desgarrante, como quien siente que encontró lo que al fin buscaba y que la misma búsqueda produjo su pérdida.

Mirando al espejo, por fin logró ubicar el origen de la luz que tanto tiempo había seguido… provenía de una puerta entreabierta, justo en la dirección de la cuál provenía; si, ahora podía distinguir en el pantano los caminos y orientarse, tenía 2 claros puntos de referencia, ese gélido espejo frente a el y la puerta, lejana, que había hasta ese momento, seguido estando abierta.

Su rostro se encendió, correría tan fuerte como sus piernas le dejaran hasta alcanzar aquella puerta. No más se levantó, cuando la puerta se cerró de golpe, dejando nuevamente todo en la más profunda oscuridad. El pantano nuevamente se convirtió en ese ente, que absorbía la vida de todo cuanto había dentro, le invadieron de nuevo la putrefacción, la desesperanza, perdió de nuevo el sentido del camino y tan sólo cayó, las manos y las rodillas aferrándose al lodo del suelo como si de la propia vida se tratara.

Al otro lado de la puerta, únicamente llegaron ecos de sus gritos, como sutiles gemidos de dolor, como murmullos que se perdían entre los muchos sonidos que provenían de allí. Eran, a fin de cuentas, los lamentos de un habitante más de la desesperanza, otro ser que inadvertidamente se alejó a si mismo de la salida que con tanto afán buscaba.


Esperanza Triste - Maricar Lavin
"Esperanza Triste" de Maricar Levin

19 de septiembre de 2009

Bis

Esta es una de las primeras historias que escribí, en esta en particular tuve algo (bastante) de ayuda. Gracias J, no podría haber escrito esto sin ti.  Creo que sigue siendo mi favorita:

~ PARTE I ~
Sostenía la copa en mi mano derecha, agitándola suavemente; Tan deliciosa bebida debe ser degustada sorbo a sorbo.
Tal como un buen Vino Tinto, se toma a temperatura ambiente, mas el elixir ha de estar fresco, recién cosechado para así, intensificar su cuerpo, su textura, maximizar la experiencia de beberlo.
Juego en mi boca con el primer trago, disfrutando cada mililitro, impregnando mi paladar con su sabor; siento como lentamente fluye entre mi lengua y mis labios, ligeramente denso, bajando por mi garganta, saciando mi sed al mismo tiempo que me incita a beber un sorbo más.
Un deseo desenfrenado me recorre, pues quisiera beberlo todo de una vez, sentir como incluso, se escapa por la comisura de mis labios para lamerlo y no perder ni una sola gota. Pero no, me contengo, insisto y me fuerzo a beber despacio, a final de cuentas no es algo que se pruebe todos los días y merece ser disfrutado al máximo, en toda su expresión.
El olor, el simple olor, más aun su color y no hablar de la sensación de la bebida fresca, me excita, me satisface. Finalmente se agota el preciado contenido de mi copa, pero debo beber más, ansío beber más, mi sed precisa ser saciada totalmente.
Es por esto que nuevamente coloco la copa para retener el rojo y espeso fluido que mana, pulsante, desde alguna arteria nueva, cuidadosamente elegida, abierta tan solo con un lento y profundo recorrido de mis uñas, deslizándose despacio, sin detenerse a lo largo del antebrazo por el cual, colgando, fluye una vez más la ansiada sangre, hasta llenar de nuevo, mi copa.


~ PARTE II ~
Despertó, de nuevo sudoroso, temblando y con lágrimas brotando de los ojos; una vez más se sentó al borde de la cama y observó el reloj, ya había perdido la cuenta de cuantas veces había despertado en idéntica situación esa misma noche, miró inquieto a su alrededor, se sentía presa de los nervios y su corazón saltó al ver o creer ver una figura negra que se deslizaba a través del espejo (si no había lugar a dudas, a través del espejo), no, definitivamente no podía ser, pensó que ya eran muchas las noches que pasaba prácticamente en vela, en un constante dormir y despertar presa del pánico, ante lo cual optó por no dormir. Sin embargo, la incesante monotonía de la habitación, el solo estar sentado en la cama o bien, acostado mirando el techo le producía un embotamiento producto quizás del cansancio pero justo en esos momentos, vislumbraba una silueta oscura, desde la cual le acechaban un par de ojos rojos, inyectados en sangre, peor aun, creyó distinguir en determinado momento como esta figura estaba sentada en su sillón, si, en efecto ahí estaba, sentada como si tal cosa, ocupada en algo que sostenía en su regazo.
Intentó serenarse y se dedicó a observar atentamente, tratando de vislumbrar los detalles, mientras parte de su subconsciente intentaba convencerse de que era tan solo una visión, sin embargo allí estaba: sobretodo negro, botas, cabello largo. Fue entonces cuando la figura hizo un movimiento y reparó en lo que esta hacía con tanta diligencia y atención, no pudo evitar estremecerse de horror pues la figura afilaba una larga espada estilo oriental mejor conocida como katana, vió claramente el brillo del arma así como las extrañas figuras que en forma de anillos llenaban las manos del ser oscuro. En ese preciso instante aquel ser levantó la mirada y asomó una sonrisa llena de suficiencia e ironía, como el cazador que se sabe dueño de la presa. Inmediatamente después despertó, nuevamente, temblando y bañado en sudor y con el eco de una voz ininteligible resonando en su cabeza.
Una vez más sentose al borde de su cama, observó su reloj e intentó buscar una explicación lógica a los extraños sueños y visiones que le asaltaban con una frecuencia cada vez mayor y, siempre racional, dedujo que esas visiones eran producto de las últimas películas de suspenso y ficción que había visto en los últimos meses; los extraterrestres y los entes ficticios suelen ser expresados así, impresionantes, con ojos extraños y peligrosos. -no era más que un mal sueño- se repitió a sí mismo, con insistencia.
Observó una vez más su reloj y decidió salir a caminar, a pesar de lo absurdamente temprano de la hora y ¿por qué no?, tal vez ir de una vez al trabajo, pensó que una caminata al aire fresco de la madrugada contribuiría a liberar su mente de esas visiones descabelladas.
Así pues, al poco tiempo se encontraba en la calle, sus pasos resonando ante el silencio de la noche disfrutando de la baja temperatura y de la soledad de las calles, recapituló los sucesos de los últimos meses sintiéndose absolutamente satisfecho con sus acciones y decisiones, como siempre se felicitó mentalmente “hiciste lo correcto ese es el camino, vas bien” solía decirse en esos casos, rumiaba sus pensamientos y su autovanagloria cuando algo lo sacó de su monólogo mental. Recorrió rápidamente con la vista el paisaje desierto y notó que estaba caminando por una zona totalmente desconocida y que peor aun, se había metido por un callejón repleto de escombros y basura, volviéndose rápidamente para irse cuando notó 3 figuras que caminaban hacia el; instintivamente se preparó para el asalto, no tenia dónde ni cómo correr, además nunca fue una persona atlética, maldijo mentalmente la estúpida idea de salir a caminar de esa forma tan imprudente cuando inesperadamente, escuchó un sonido metálico y las 3 figuras cambiaron rápida, mas bien atropelladamente de rumbo; esto lo sorprendió aun mas, aquí no cabía vanagloria alguna, en definitiva el no era una persona capaz de inspirar ese tipo de reacción, entonces a mitad de camino entre el y la salida del callejón lo vio, de pie, la espada desenfundada, el cabello al viento, la misma figura que había visto en su cuarto, lo grave de esto era que esta vez estaba absolutamente despierto, su mente racional no lograba dar con la explicación para lo que le estaba ocurriendo. La figura se giró, lo miró, y una vez más tal y como ocurriera en su cuarto, esbozó una cruel sonrisa mientras envainaba su espada -no son estas horas apropiadas para caminar- le dijo. No atinó a contestarle aunque por cortesía se decía que debía hacerlo, dio un paso hacia él en forma vacilante pero se detuvo en seco al oír que la figura decía mientras le envolvía la bruma -nos veremos pronto- rematando con esa risa que le era tan conocida. Aquello quebró sus nervios y allí en medio del callejón se sentó y enjugó unas lágrimas, más aun cuando al disiparse la neblina y despuntar el día no había nada ni nadie y peor, lo más terriblemente ilógico, estaba en la entrada de una estación del metro.
Aclaró su mente, carraspeó mirando alrededor a los pocos transeúntes que apenas le dedicaron una mirada, observó sus ropas y suspiró aliviado al ver que no presentaban manchas o suciedad y se dirigió a su trabajo intentado olvidarse del asunto, sin embargo no dejaba de pensar que definitivamente esa figura le resultaba inusualmente familiar. ¿Dónde la había visto antes, era acaso una persona? Si era así ¿de dónde le conocía?, una vez mas habló su mente racional -ha de ser el stress del trabajo y estas noches sin dormir – pensó, mientras entraba en su oficina y se sumergía en su trabajo.
Durante el almuerzo, mientras meditaba sobre posibles inversiones, negocios y deudas pendientes, un escalofrío recorrió su espalda. Sintiendo la presión de unos ojos sobre su espalda, su pulso se aceleró y su corazón parecía querer salirse de su pecho, su cuerpo se negaba a obedecer el impulso de voltear, se negaba a enfrentar esos ojos terribles –no pienso voltear, estoy imaginando cosas- se decía, la sensación cobró entonces una intensidad inusitada y llegó a sentir que sencillamente era vigilado atentamente; finalmente con un temblor en las manos tomó aire y giró sobre la silla, lentamente, para encontrarse con los tan conocidos ojos que lo acosaban en sueños, aguzó el oído y lo que escuchó lo dejo atónito, esos ojos le hablaban, pero no, no a el, le hablaban a algo más que no lograba ver, con un esfuerzo captó las últimas palabras -al fin y al cabo es un regalo, no podrás despreciarlo, los dioses nunca lo hacen así que tómalo como eso-. La respuesta fue una risa eminentemente femenina, pestañeó violentamente y restregó sus ojos, al volver abrirlos todo era normal sin rastros, sin sombras, ni siquiera una señal de que algo o alguien hubiese estado allí.
Los días se transformaron en semanas y las semanas en meses, hasta que dadas las constantes visiones y demás irregularidades decidió consultar a un terapeuta. Al fin y al cabo -pensaba- todas las personas con un buen nivel de vida suelen sufrir a causa del estrés. Lo conversó (sin mayores detalles, claro) con un par de compañeros laborales de su confianza, quienes en consenso y por separado le recomendaron una dirección, un teléfono, una referencia, que solucionaría su problema y conservaría su anonimato.
Llamó, llamó y finalmente logró conversar con una gentil secretaria quien le informó que tenia un cupo disponible dentro de 15 días; sin dudarlo concertó la cita –un terapeuta excelente suele estar muy ocupado, es buena señal- se dijo.
Transcurrían los días y la inquisitiva mirada seguía atormentado sus noches; por más que lo intentaba no lograba recordar los sueños que le acosaban, tan solo las sensaciones al despertar el sudor, el pánico, el frio. Comenzó a ver casi en cada esquina, en cada puerta, al personaje de la gabardina, apareciendo como una sombra, aquí y allá, especialmente al caer la noche y le acompañaba el eco de una risa que retumbaba en sus oídos, una risa que provenía de ningún lugar y de todos al mismo tiempo. Con cierta desesperación contaba los días faltantes para su cita la cual esperaba acabaría con lo que el llamaba semejante engaño de su mente.
La noche previa a la cita, durmió profundamente, sin sobresaltos, tan solo un sueño profundo y reparador. Fue tanta la sorpresa que pensó por un instante en cancelar la visita al terapeuta, pero el compromiso estaba hecho y –pensó- se puede romper cualquier compromiso adquirido menos uno como este, con un profesional, eso desdibujaría mucho su imagen de adulto y en particular de triunfador, además de ello ya había pagado la cuota media del costo de la consulta, con la finalidad de asegurar la cita, hasta había activado un recordatorio en su tlf y en su agenda telefónica, finalmente supuso que no ir, agregaría solo descontrol a su cronograma semanal, a su agenda… y a su vida, más estrés.
Ese día despertó temprano y mientras pensaba todo eso tomó una larga y deliciosa ducha de agua caliente, se introdujo en ella entregándose a la revitalizante temperatura del agua abrió los ojos un instante y se quedó petrificado del susto, espantado al ver entre el vapor de la ducha como se formaba el perfil de un rostro familiar que le sonreía de forma macabra e inexplicable, mojó su cara en el agua, abrió la llave de agua fría y permitió que la misma saliera abundantemente y cayese sobre su cara además de despejar el vapor cuando sintió claramente sin duda alguna el contacto de una gélida mano con su cara y el recorrido de algo puntiagudo por su yugular.
Aterrado, salió disparado de la ducha y se detuvo junto al lavamanos mientras se reclamaba a si mismo por ducharse con agua caliente cosa que no estaba entre sus costumbres, al levantar la mirada en el espejo observó, atónito, una frase en el espejo que parecía haber sido escrita con un dedo sobre el espejo empañado y que se desvanecía lentamente, letras desconocidas, una frase en un lenguaje totalmente ignorado por el.
Una vez más su “racionalidad” entro en acción, obviamente estaba nervioso, nunca antes había ido a un terapeuta, seguramente esa era la razón por la cual creía ver más cosas, justamente hoy que era el día de la visita al terapeuta, maldijo mentalmente a sus amigos por no prevenirle de los nervios ni cómo prevenirlos. Fue hasta el closet pensado en la forma más adecuada de vestir ya que le habían comentado que el terapeuta era una mujer, finalmente aupado por la posibilidad de una conquista se decidió finalmente por una corbata color mostaza y tras beber un vaso de agua fría tomó un taxi, decidido a terminar con el suplicio y liberarse del estrés que lo agobiaba.
~ PARTE III ~
Al llegar al sitio indicado encontró una casa con dos poderosas columnas en el recibidor, en el amplio jardín frontal montaban guardia las estatuas de dos gatos negros egipcios, dando una sobria bienvenida a quien llegara. Tocó el timbre, segundos después un sonido le indicó que la puerta había sido abierta, entró y se encontró con una sala sin más personas que el mismo.
Se instaló en un cómodo sofá de piel impecablemente blanco, que hacía juego con la decoración albiazul del recinto. En una esquina, un jarrón de vidrio glaseado color azul rey, exhibía 3 girasoles frescos; al lado del sofá donde se encontraba, una réplica en miniatura de un jardín zen al mejor y más puro estilo japonés; todo impregnado por un tenue olor a mandarina.
En el otro extremo del salón estaba un escritorio azul, con implementos blancos, indudablemente de la persona, por cierto ausente, que se encargaría de recibirlo e indicarle cuándo pasar al consultorio.
¿Sería como lo imaginaba? en las películas, los psicoanalistas suelen tener un diván donde sus pacientes se recuestan para hablar de sus problemas personales, familiares, sexuales… ¿de qué hablaría el? Su vida estaba perfectamente planificada… claro, del estrés… y de esos agobiantes y acusadores ojos, fieros, incandescentes como el fuego, rojos como la sangre, ojos que le seguían amenazantes desde cada esquina.
En eso pensaba mientras esperaba, no le habían recibido aún y no quedaba mucho más que ver en el salón donde se encontraba, salvo las pinturas que exhibían una muy diversa temática y variedad de estilos, las había muy épicas con batallas, espadas y dragones, hasta unas definitivamente macabras, curioso para un consultorio de este tipo pensó mientras miraba alrededor para asegurarse de que nadie le veía. Mas alguien sabía de su presencia, no en vano le habían dejado pasar; ciertamente no faltaría a su cita y el terapeuta no la cancelaría sin avisarle con antelación.
Finalmente se abrió una puerta de cristal, la cual no había visto por el ángulo desde donde se hallaba, el vidrio de la puerta era opaco, blanco, traslúcido sin llegar a ser transparente; la puerta se abrió lentamente y una voz electrónica le indicó por algún parlante que la puerta abierta era una invitación a pasar adelante y que por favor entrara a la habitación y le diera su nombre a la secretaria.
Obedeció maquinalmente sin dejar de pensar en lo curioso de que tuviese que entrar a otra habitación para ver a la secretaria, que según el debería estar justo allí en la sala de las pinturas, la siguiente sala no se diferenciaba mucho de la anterior, al entrar observó claramente a la secretaria vestida a la usanza hindú, quien muy elegante lo miró mientras conversaba por tlf indicándole con la manos que le diera un segundo, cuando asentía captó un rápido brillo en la mirada mientras oía que le decía a su interlocutor invisible -en efecto, tal como Ud. lo dijo el cumplió, por lo que veo hizo su trabajo y muy bien, no, no se preocupe no estoy dudando solo que como Ud. dijo no deja de ser curioso, muy bien lo que Ud. Diga- sonriendo mientras conversaba.
Colgó y amablemente le indicó que le diera su nombre, número de tlf, dirección y fecha en la cual había hecho la cita, todo esto para confirmar su identidad en el registro dijo, mientras le dedicaba una sonrisa increíblemente seductora. Vaya -pensó el- vas muy bien como siempre, en el peor de los casos puedo invitarla a salir y deslumbrarla con alguna película y un buen restaurant, total las secretarias no están acostumbradas al lujo y confort que alguien con mi posición puede pemirtirse.
Trato de devolverle la sonrisa más expresiva que pudo al tiempo que le decía nos vemos en un rato y si lo desea la invito a un café capuccino; avanzó a la habitación sin notar la expresión de burla de la secretaria.
Lo primero que le impactó de la siguiente habitación fue el olor a mandarina, era más fuerte y penetrante que el de la sala previa; miró extrañado que el olor provenía de 3 varillas de incienso ubicadas a los pies de una escultura. Kali, rezaba encima de la estatua de mediano tamaño; recordó que se trataba de una diosa hindú poco nombrada y notó a sus pies 8 velas dispuestas en semi-círculos, una vela por cada brazo que poseía la diosa.
Mientras detallaba la extraña escultura, mezcla de terror y hermosura, se impresionó al ver los ojos en el rostro: un par de rubíes intensos y tan feroces como la expresión de la diosa misma.
El consultorio, más pequeño pero no por ello menos cómodo, era perturbadoramente blanco, tan inmaculado en su color como en la posición matemáticamente detallada de los objetos presentes en el mismo. Los muebles, un diván, una butaca y una mesa pequeña a modo de escritorio al lado del sillón.
Frente a él, se encontraba el diván, bastante más reclinado que los que había visto en películas, tanto que parecía una camilla. La butaca estaba orientada de manera que le daba el frente al diván y la espalda a la puerta, indicando que la persona allí sentada efectivamente no era distraída por ningún elemento externo. No habían ventanas, a pesar de percibir el ambiente fresco y ventilado, no observada adornos o cuadros, solo la escultura de Kali, las velas a sus pies y las varillas de incienso.
Escuchó una voz suave y melodiosa que decía en medio de una sonrisa definitivamente sugerente -gracias te debo una corazón- y de pronto se asomó una mano, tan blanca como el consultorio, por encima del sillón, indicándole con un gesto que pasara adelante y tomara asiento en el diván. El ambiente se llenaba con una melodía suave, entonada por una voz femenina, dulce, relajante; cada vez se sentía más a gusto en aquel lugar. Finalmente se sentó en el borde del diván, un poco sin saber que hacer o quién comenzaría la plática.
Una vez allí divisó el rostro en el sillón, era de una mujer, de tez tan pálidamente blanca como la luna, envuelta en un sobrio vestido azul oscuro que endurecía sus rasgos; cabello castaño, suelto, largo hasta la cintura. La mujer le ofreció una taza de té alegando con una voz particularmente dulce que le ayudaría a relajarse más aún, especialmente siendo la primera vez que se veían, que empezarían con una charla común para romper el hielo y lograr que poco a poco se sintiese en confianza. Echado en el regazo de ella, estaba un hermoso y brillante gato negro, ojos verdes esmeralda, quien ronroneaba perezosamente y se estiraba en respuesta a los cariños de su dueña.
La terapeuta le invitó a recostarse totalmente en el diván para hacer un ejercicio de relajación antes de comenzar. Una vez recostado, sintió como su cuerpo efectivamente se iba relajando, los párpados cada vez más pesados le cerraban los ojos casi completamente, comenzó a sentirte atontado y de pronto cayó en cuenta de que se encontraba absolutamente vulnerable, frente a una desconocida; sin embargo ya no le importó lo único q le importaba su único motivo para su estancia allí era olvidar esos malditos ojos rojos…
ROJOS!!! Se exaltó, pues recordó con claridad por fin los ojos y los vio reflejados en el rostro de Kali, la estatua que estaba en el consultorio allí estaban finalmente, mirándolo, los ojos que le acosaban o al menos un par de ellos ya que no lograba sacar de su cabeza los malignos ojos enrojecidos de la figura negra. En ese instante quiso huir, echar a correr pero su cuerpo no le respondía, no podía moverlo, a duras penas lograba girar la cabeza sin poder emitir sonido alguno, una vez que su cabeza dejó de reaccionar cayó tendido y completo en el diván, donde le esperaba algo que no había visto antes. Un retrato, solo podía verse desde allí, aturdido, enfocó la mirada para distinguir el retrato, allí arriba le miraba de frente, un retrato de la mujer que se encontraba sentada a su lado; en el retrato estaba sentada en un silla alta rodeada de incienso, con una mirada calma y a la vez terrible y a su lado, de pie con una maligna sonrisa, vistiendo un traje largo, botas y una gabardina, negra la vestimenta, suelto el cabello, la figura que lo había atormentado todos esos meses.
Desesperado hizo un esfuerzo supremo por levantarse para preguntar a la terapeuta que significaba aquello y cuando lo logró, luego de un gran esfuerzo semi incorporarse, quedó paralizado de horror…
Allí estaba ella pálida como la luna con su vestido largo y ligeramente escotado dirigiéndose a un recién llegado al tiempo que extendía sus largos brazos -pensé que nunca llegarías, después de todo también has de disfrutar de esto querido- para inmediatamente fundirse en un tierno abrazo.
¿Qué rayos era eso? pensó el, ¿Una consulta con más de un terapeuta? Casi se sobrepuso a su horror cuando ella y el recién llegado dieron unos pocos paso para asegurarse que el los viera bien, allí estaba ella con una sonrisa terrible, mientras tomaba de la mano a un hombre que correspondía exactamente a la figura que lo había atormentado sin piedad.
No podía siquiera temblar por el horror de esa visión, pues reconoció la sombra que el creía haber inventado, la figura que le perseguía. No pudo hacer más, siquiera emitir algún gemido, ver a la mujer y preguntándose el por qué de todo aquello.
Observó como lentamente ella tomaba un par de copas mientras el depositaba su espada a los pies de Kali, acercándose luego lentamente al diván; ella levantó con una mano su cara aterrorizada, sus manos le parecieron ahora muy frías al contacto y sintió el contacto de un anillo filoso y puntiagudo, mientras el hombre clavaba la mirada en el una vez más.
Pudo percibir como se abría su piel al contacto de ese anillo de afilada punta y recordó que ya había sentido esa sensación en su yugular una noche, el dolor inmensurable y constante que esto le producía, las lágrimas que brotaban sin control desde sus exorbitados ojos, lo tibio de la sangre que fluía desde la herida y goteaba, según podía oír, en una copa de cristal. Una vez que dejó de sangrar por la herida respiró aliviado aún si entender. Lo último que vio fue a la mujer, sosteniendo la copa de vino con su mano derecha, junto al hombre quien también poseía una, escucho el chocar de las copas y los vio bebiendo de las mismas. Pudo observarla a ella, deleitándose con su sangre y en su blanco rostro, vio como esbozó una sonrisa de avaricia, excitación y satisfacción al mismo tiempo que el hombre, dirigiéndole una mirada de absoluto dominio y poder, levantaba su copa hacia el, brindando ¡salud!...
~Kh~

16 de febrero de 2009

La Ventana

"El corazón piensa constantemente. Esto no puede cambiarse. Empero, los movimientos del corazón, vale decir los pensamientos, han de limitarse a la situación actual de la vida. Todo pensar que trasciende el momento dado tan sólo hiere al corazón" (I-Ching: Ken)

Esta historia está inconclusa, no porque no haya terminado de escribirla, si no porque de momento parece no tener final; así como parece no tener ni pies ni cabeza, tal como la mente de la cual surgió:


El frío se colaba por la ventana, abierta de par en par a la brisa de la madrugada. A pesar de eso, dormía boca-abajo, con la espalda desnuda y descubierta, tan solo por el placer de sentir en ella el rocío.

Adquirió esa costumbre desde el día en que dejó abierta la ventana para que pudiese entrar su incorpóreo amante; mezcla de ternura, calidez, garras y besos, nunca faltó una sola noche al encuentro.

Llegaba el, volando entre las sombras y guiado por la ténua luz de la luna; puntualmente al oir que esa, su ventana, se abría al fin, volaba en pos de ella donde estaba seguro que estaría esperándole un cuerpo tibio, lleno de deseos y una tan ferviente como sumisa pasión. No podía negarse a ella, no sabía como, ni estaba seguro de querer realmente hacerlo.

Igual le esperaba ella, cada noche, impaciente porque se fueran las horas de luz, para tan solo abrir su ventana y esperar el abrazo de cada noche,

Lo decidió un día, molesta, cansada, cerrar la ventana y encender el Aire Acondicionado a la máxima potencia hasta congelarse... Ahora, de cuando en vez ella abre la ventana algunos instantes y luego la cierra. Otros días el llega a su ventana y se da la vuelta al verla cerrada. Ella por su parte, mira desde dentro, a través de la ventana y espera que algún día el decida tocarla, pasar por ella y al fin, quedarse.