La sangre descendía por el flácido cuello, proporcionando un hermoso contraste sobre la piel tan blanca y fría como la nieve sobre la que reposaba el cuerpo. Lamió lo que quedaba de ella y agitó las alas, como un signo de reconfortante satisfacción, el sabor de la sangre era uno de los más placenteros que conocía.
Rodó el cuerpo con la punta del hocico hacia la entrada de la cueva hasta que logró lanzarlo por el precipicio, si bien adoraba la sangre humana, el fétido olor que desprendían esos cuerpos era capaz de esparcirse rápidamente por la cueva inundándola y provocando que apestara por semanas enteras, así que lo mejor era eso, ingerir la sangre hasta la última gota y deshacerse del cuerpo, lo más lejos posible, al fondo del abismo.
Entre las ventajas de habitar una caverna en lo alto de una montaña nevada estaban la deliciosa nieve sobre la cuál podía dormir plácidamente y lo lejos que quedaba de cualquier asentamiento humano, de modo que esas pequeñas plagas no sabrían cómo llegar hasta él a molestarlo como las insginificantes abejas que eran... si.. abejas... aunque decidió que no era una hermosa comparación, si bien las abejas producían miel y los humanos su preciada sangre, al menos las abejas no se mataban entre ellas, al contrario, se organizaban por el bien común de la colmena.
Él no tenía una colmena, un "alguien" junto a quien trabajar por el bien común. Eran él y su cueva, él y sus presas, él y su nieve, él y su sol.... él y su luna.
Sentía una infinita admiración por la luna, que lo miraba cada noche desde lo alto, pero era un amor no recíproco, pues mientras le dedicaba sus mejores melodías, aullidos y danzas en el aire, la Luna únicamente le brindaba algo de una tenue y pálida luz, que ni siquiera le pertenecía pues sólo lograba brillar con la luz que le robaba al Sol.. y sin embargo, amaba a esa luna, egoísta, muda, impalpable, inalcanzable... un amor al que no podía abrazar por más que lo deseara... y aún así, se rendía a sus pies cada noche, invariablemente, para amarle... El Sol, por otro lado, era todo lo opuesto, sentía que el Sol le amaba cada vez que lo abrazaba con sus cálidos rayos, la sensación reconfortante de compañía y ese agradable estirón que sentía a lo largo de su lomo cada vez que salía de la cueva cuando aún era de día. Sin embargo, le era imposible corresponder al Sol, su amor estaba comprometido con aquella plateada y fría Luna, que a su vez.. no daba muestras si quiera de saber que él existía y que estaba allí para ella.
Así pasaban sus días y sus noches, dejándose acariciar por el Sol pero soñando con la Luna, eternamente, en la cueva nevada y sus predios, cazando a algún desventurado humano que se perdiera entre las blancas cumbres y suspirando por la soledad, que era, a final de cuentas, su única compañía.
Continuaré luego con esto ... ha sido un día largo